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NOVEDADES

Medioambiente: reflexiones y compromisos



El Cambio Climático está ya instalado en la agenda internacional, y no por casualidad. Cada año que pasa se consolida como el más cálido de la historia y las evidencias del impacto en el medioambiente son más indiscutibles. A nivel internacional, múltiples países trabajan en el cumplimiento del Acuerdo de París. A nivel local, ¿qué ocurre?

La presencia del Cambio Climático entre nosotros es un hecho que ya pocos, a excepción de los fundamentalistas de siempre, pueden negar o ignorar. Uno de los indicios más evidentes son los reportes que indican que cada año que pasa se consolida como el más cálido de la historia: el 2010 fue el primero en alcanzar el récord, y luego lo han hecho todos los años a partir de 2014. 

Los esfuerzos de la comunidad internacional para detener este proceso, fruto del uso y abuso de los combustibles fósiles durante décadas, han sido numerosos y variados, pero hasta hoy insuficientes. Desde la firma del Convenio Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en 1992, pasando por el Protocolo de Kioto en 1997, hasta casi llegar a ver la luz al final del túnel con el Acuerdo de París de 2015, venimos transitando un camino lleno de dificultades y escasos resultados. Precisamente, el Acuerdo de París fue un rayo de luz de esperanza para la comunidad internacional, habiendo sido ratificado por tantos países en tan breve lapso, pero ese optimismo incipiente iba a verse rápidamente opacado por la retirada unilateral de Estados Unidos del mismo, a mediados de 2017. Sólo resta esperar que el resto de las potencias mundiales y principales emisores de gases de efecto invernadero que afortunadamente decidieron no seguir el ejemplo norteamericano y permanecer en el tratado como la Unión Europea, China e India logren neutralizar hasta donde sea posible el efecto de esta  desafortunada actitud de Estados Unidos.

Por el bien del planeta deseamos que así sea, pues las estimaciones más optimistas da cuenta de que para fin de siglo el aumento de la temperatura media se situará en los 3.5 grados, bien por encima de los 2 grados considerados como "seguros" para evitar catástrofes climáticas globales.

En Argentina, nos encontramos con un panorama igualmente complejo. La política ambiental en nuestro país viene arrojando desde siempre “saldos deudores”. Quienes ocuparon la cartera ambiental nacional durante los últimos años han hecho gala de un marcado desinterés cuando no desconocimiento por abordar en profundidad los principales problemas que nos aquejan. Y es así como la influencia del área ambiental en las decisiones gubernamentales fue siempre escasa o inexistente frente a las de producción o industria. 

La deforestación se continúa produciendo a un ritmo vertiginoso, en áreas de alta riqueza en bosques nativos, pese a la existencia de una Ley de Bosques concebida para evitar esta tragedia, y vigente desde 2007. Deforestación y cambio climático, sabemos, van siempre de la mano, pues siendo los bosques el gran pulmón verde de nuestro planeta, principales absorbentes de carbono, su pérdida, y más aún si es tan acelerada, equivale a restarle a la Tierra más y más capacidad pulmonar, a la vez que aumentan los desequilibrios climáticos, como lluvias intensas e inundaciones, y también sequías extremas. Y a menor cantidad de bosques, mayor incremento de dichos fenómenos. Un ícono de la contaminación a nivel mundial, como el Riachuelo, aún no logra salir de su estancamiento, pese a que este 8 de julio se cumplieron 10 años de una histórica sentencia que ordenó sanearlo y recuperarlo. 

Y finalmente, en materia energética, tenemos la impresión de que se dan pasos que inducen a la confusión y a la incertidumbre. Por un lado, el Gobierno Nacional ha ofertado una cantidad de megavatios para energías renovables (solar y eólica principalmente), lo que desde ya es muy auspicioso. Pero por otro lado, se avanza decididamente en la construcción de mega represas en la Patagonia, a pesar de insistentes voces que se alzan desde la sociedad civil para señalar los altísimos costos económicos y gravísimos peligros y riesgos ambientales que esto supone. 

La consigna debe continuar siendo la misma: redoblar los esfuerzos desde todos los ámbitos las autoridades, como tomadores de decisión, y la sociedad civil, nosotros, como factores de incidencia y de presión para que el desarrollo sustentable que desearon los firmantes de la Declaración de Estocolmo de 1972 no quede en el papel y en las buenas intenciones y sea, más pronto que tarde, una realidad. Por nuestro bien y el de los que vendrán.

Por Jorge Ragaglia. Profesor de Derecho Ambiental de la Universidad de Flores (UFLO)